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De castañas y castillos

Publicada el mayo 19, 2026mayo 19, 2026 por Antonio Ruiz

Recorrer la comarca de Las Batuecas, al pie de la Sierra de Francia, al sur de la provincia de Salamanca, constituye una experiencia muy recomendable para los que gustamos recorridos en coche fuera de las aburridas autovías y después disfrutar a pie de rincones inolvidables.

Pueblos pequeños y separados entre sí por muy pocos kilómetros. Tierras aisladas ganadas por la repoblación de una «tierra de nadie» en la Baja Edad Media, cuando el reino de León se decidió a cruzar el valle del río Duero y servir de plataforma para empujar cada vez más al sur a un poder musulmán dividido en Taifas que se iba debilitando cada vez más, y que poco recordaba ya a aquel califato cordobés, donde durante muchos años floreció lo mejor del arte y las ciencias en una época muy oscura para la Cristiandad.

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Como visitante curioso, al final de viaje, pude identificar dos elementos que me parecieron fundamentales y que en gran parte vertebraron en su día la historia de esta tierra. La piedra y la madera del castaño, que abunda por doquier en toda la zona.

Los nuevos pobladores necesitaron de la piedra para construir algunos castillos para consolidar el territorio, como son los casos de Miranda del Castañar y San Martín del Castañar.

En el primero, tenemos además todavía el perímetro de una muralla bastante bien conservada, aunque carente de cubos e integrada más bien en las casas del pueblo, lo que la hace menos atractiva al ojo del visitante, y más aún cuando las almenas han desaparecido prácticamente en su totalidad.

Sí que se conservan las puertas o arcos de la villa, que constituirían los puntos de control más importantes. El castillo en sí, constituye una especie de alcázar con una potente torre del homenaje rodeada de torreones cilíndricos. Al lado se abre la plaza mayor, en una gran explanada que sirve de aparcamiento, pero a la vez se convierte en una improvisada plaza de toros cuadrada, dentro de un espacio también intramuros.

En el caso del castillo de San Martín, éste ha corrido peor suerte, ya que apenas quedan unos lienzos que rodean lo que desde mediados del siglo XIX es el cementerio del pueblo. De la majestuosa torre del homenaje solo se han conseguido salvar dos muros, que aprovechando el ángulo recto que forman, han servido para construir una escalera y un mirador en lo alto. Actualmente, lo más llamativo del complejo es la plaza de toros construida en el siglo XVII aprovechando el antiguo patio de armas del castillo.

Llama la atención la evolución de estos recintos, de un ambiente de armas y caballerías, a escenarios festivos, como un coso taurino que se monta y desmonta según calendario en un caso, y graderíos y burladeros permanentes en el otro.

No es casualidad que estos dos pueblos lleven en su nombre el apelativo «del Castañar», ya que el castaño es un árbol cuya madera es muy apreciada y no deja de verse en la forma de construcción de las casas, con esos entramados de madera rellenos de piedra, pero en otros casos también de tapial, adobe o una mampostería a base de cantos menudos.

La piedra de los castillos y murallas protegió a sus habitantes de los ataques enemigos en una zona de frontera, hasta que el peligro se fue alejando hacia otras tierras; pero también brindó protección a los hogares frente a los agentes atmosféricos. Ahí es donde entraba la madera del castaño para sujetar las estructuras.

A partir de ahí la vida ha evolucionado tranquila en la zona a través de los siglos, con una seña de identidad que se ve también en otros pueblos como Sequeros, Mogarraz o La Alberca.

Pasión por la tauromaquia, buena carne de vacuno y producción de magníficos embutidos ibéricos, pero sobre todo castañas, muchas castañas, que a mediados de otoño abren sus erizos y caen al suelo para que las gentes poco habituadas al campo puedan llenar algunas bolsas y disfrutar asándolas al llegar a sus masificadas ciudades.

La silueta de las torres de castillos e iglesias medievales (que también las hay), nos recuerda una vida pasada difícil cuando nos acercamos a estos pueblos por sus serpenteantes carreteras. Son testigos silenciosos que nos evocan tiempos históricos.

Los castaños nos acompañan gran parte del camino, recordándonos el momento presente, el que se disfruta.

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