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Una trilogía de Kallifatides: memoria histórica compartida para no dejar de pensar

Publicada el diciembre 5, 2025enero 2, 2026 por Octavio Ruiz

Hay veces en que no es posible avanzar sin detenerte múltiples veces cuando estás leyendo un libro. Tienes que parar, respirar, volver atrás. Máxime cuando el libro cuenta historias crueles, escritas con una belleza inaudita y sostenidas por un humor sarcástico —que a veces roza el humor negro— cuyo propósito es evitar al lector, aunque sea mínimamente, el sufrimiento latente en lo que se narra. Es inevitable detenerse para reflexionar, pensar, buscar similitudes con lo que conocemos; con nosotros mismos.

Y eso es precisamente lo que ocurre al leer esta trilogía de Theodor Kallifatides. En ella, el autor consigue narrar hechos insoportables desde una humanidad increíble. Griego de nacimiento y emigrado a Suecia con tan solo 18 años, escribe desde la distancia sobre sus raíces: conoce el dolor de su país, pero lo observa con la serenidad de quien ha vivido a caballo entre dos mundos. Quizá por eso sus historias no se imponen; se insinúan, y te obligan a pensar más allá de cada página.

Desde nuestro punto de vista como lectores españoles, tengo que resaltar que al leer la obra he visto tantos paralelismos entre la historia de la Grecia de mediados del siglo XX y la nuestra propia que me ha impactado lo poco que sabemos sobre ello (al menos en mi caso). La memoria histórica, tan necesaria, no debería limitarse a nuestras fronteras. También debería ser una memoria compartida con aquellos países que, de alguna forma, han atravesado experiencias similares. Al fin y al cabo, no somos tan diferentes como a veces nos quieren hacer creer. De ahí la importancia del internacionalismo.

La trilogía

Todo empieza con Campesinos y señores (1973). En esta primera novela, los habitantes de un pequeño pueblo del Peloponeso llamado Yalós sufren en primera persona las consecuencias de los episodios que estremecen Grecia desde 1941. Pero Kallifatides decide no contarlo como una novela histórica al uso, sino que concentra la narración en la escala íntima de la vida de los distintos habitantes del pueblo. La ocupación alemana, la resistencia, el hambre, el miedo y las tensiones entre los propios vecinos no se muestran desde los grandes discursos, sino desde la vida cotidiana de quienes intentan sobrevivir a lo que apenas alcanzan a comprender. No hay héroes. No hay víctimas ejemplares. Solo personas reales, con sus contradicciones, sus miedos y sus pequeñas esperanzas frente al horror que asoló, no solo a Grecia, sino a toda Europa en aquellos terribles años.

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Con El arado y la espada (1975), Kallifatides nos lleva a lo que ocurre a los yalitas tras la expulsión de los alemanes y la llegada del ejército británico, un periodo que desemboca en una guerra civil durísima. El país queda dividido entre fuerzas conservadoras y la resistencia de los partisanos, endurecidos por los años de lucha contra la ocupación nazi. El resultado es una espiral de violencia fratricida que anticipa la dictadura que vendrá después. Aquí, la épica vuelve a evaporarse: lo que vemos es cómo un pueblo ya exhausto tiene que enfrentarse a una nueva forma de devastación, esta vez interna, más dolorosa incluso que la anterior.

La trilogía culmina con Una paz cruel (1977), el libro que Kallifatides siempre quiso escribir y que resulta tan devastador que ya ni siquiera vuelve a Yalós. Ahora la acción se centra en Atenas. La paz llega, sí, pero como un estado incómodo, una reconciliación imposible —¿os suena?—. Poco a poco, las ejecuciones continuas por parte de los vencedores se van reduciendo, pero a cambio se impone la anulación del pensamiento crítico y de la propia memoria histórica. Los perdedores, sumidos en la desesperación, el hambre y la necesidad de sacar adelante una vida quebrada, se ven empujados a olvidar su forma de pensar, sus ideales y, en muchos casos, sus propios sueños. Esa es la verdadera «paz cruel»: una paz que exige renuncias profundas para poder sobrevivir.

Finalmente todo termina, como no podía ser de otra forma, con la emigración: miles de griegos abandonan su tierra en busca de un futuro posible en aquellos países en los que sus democracias permitieron un progreso negado por las dictaduras. Algo que nos vuelve a retrotraer a nuestra propia realidad, ya que no podemos olvidar que muchos de nuestros convecinos también acabaron emigrando para intentar alcanzar los sueños y la libertad que España les negó. 

Grecia y España: historias paralelas

Al leer esta trilogía me he asomado a un espejo inesperado. Las heridas de Grecia en el siglo XX —la ocupación nazi, la guerra civil, la represión posterior, el silenciamiento de los perdedores, su olvido— recuerdan de forma inquietante a nuestra propia historia. Es verdad que no son idénticas, pero se observa tan claramente que comparten una misma estructura emocional —pueblos fracturados, memorias incómodas y relatos oficiales que intentan imponerse sobre la experiencia real de la gente común— que no deja de ser estremecedor.

La violencia física fue brutal, pero sobre todo lo fue la violencia moral. Logró instaurar el estado de pánico adecuado para que el pueblo griego acabara sucumbiendo como tal y perdiera toda su fuerza, por lo que se vio, doblegado, terminando por someterse a los dictámenes de los líderes dictatoriales. En ambos países ocurrió algo similar: el después quedó marcado por el horror, por la necesidad de sobrevivir y por la presión —a veces explícita, a veces silenciosa— de olvidar para poder seguir adelante. Las conversaciones solo sucedían en la intimidad familiar y siempre bajo el mismo temor transmitido entre generaciones. Miedo que yo mismo también llevo dentro y que recuerdo —con cariño, eso sí— cada vez que me resuenan las palabras de mi abuela: «Niño: tú ver, oír y callar». Resulta revelador que el precio de la «paz» haya sido, en ambos casos, renunciar a nombrar, a preguntar, a recordar en voz alta.

Por eso, aunque Kallifatides esté narrando Grecia, como lectores españoles podemos sentir que también nos está hablando a nosotros. A fin de cuentas, la literatura es un camino que ilumina las sombras que compartimos y nos muestra que la historia no es un fenómeno aislado, sino un tejido continuo que atraviesa fronteras y generaciones.

Por qué leer esta trilogía hoy

Leer esta trilogía en 2025 no es solo un ejercicio de nostalgia ni un interés exclusivamente histórico. Es, además, una forma de entender el momento que vivimos. Kallifatides muestra que el autoritarismo no llega de repente sino que, al formar parte del poder, siempre está y ha estado entre nosotros. Solo se le puede combatir con paciencia y constancia. Pero sus caminos son tan fáciles que, cada vez que los pueblos olvidan su existencia y sus peligros, vuelve a instalarse sin que nos demos cuenta. Aprovecha los silencios, los miedos, las pequeñas renuncias del día a día. Siempre ha sido así, y no podemos resignarnos a ignorar que, en estos momentos, está aprovechando la globalización y la tecnología para abrirse paso con una fuerza inusitada.

Estamos asistiendo a un crecimiento inquietante de extremismos de todo tipo, con pseudo-discursos simplificadores reducidos a eslóganes que se repiten como mantras, mientras buena parte de la sociedad los absorbe como una forma cómoda de no esforzarse en razonar y de sentirse parte de un grupo cada vez más amplio. Este flujo constante de mensajes diseñados para no pensar es una especie de spam emocional que nos llega por todas partes. Desde los medios de comunicación —no olvidemos que, en todos los países, sus propietarios son los grandes capitales— y desde las redes sociales —controladas, también, por grandes capitales y por gobiernos poderosos—, se moldea nuestra percepción del mundo a través de consignas rápidas, cómodas y anestesiantes.

Frente a ese ruido, leer a Kallifatides es casi un acto de resistencia. No porque ofrezca soluciones, sino porque nos obliga a frenar. Nos recuerda que la historia no se repite exactamente, pero que siempre acaba rimando. Que el miedo y el cansancio social son el terreno fértil en el que prosperan los discursos más fáciles y peligrosos. Que las sociedades no se quiebran por culpa del enemigo exterior sino por la desidia interior: por dejar de pensar, de recordar, por delegar nuestra voz en aquellos que gritan más alto y tienen los altavoces más potentes.

La trilogía muestra con una claridad apabullante que el olvido no es inocuo. Que, en Grecia y en España, la renuncia a hablar de lo ocurrido abrió la puerta a una «paz» cómoda pero frágil, construida sobre silencios impuestos y aceptados por una parte importante de la población. Y sería ingenuo creer que estamos inmunizados contra la repetición de aquellos errores; ya que basta con observar la velocidad con la que circulan los mensajes de odio, la facilidad con la que se normalizan las ideas excluyentes o el entusiasmo con el que muchos abrazan soluciones autoritarias, siempre presentadas como respuestas «simples» a problemas complejos.

Leer esta trilogía hoy sirve para recordar que la vida está hecha de infinitos matices, no solo de consignas que promueven el conmigo o contra mí: mensajes únicos para quienes no quieren molestarse en comparar, en compartir, en disfrutar de las diferencias. Sirve para recordar que detrás de cada conflicto hay personas en lugar de bandos abstractos, y que la literatura —cuando está escrita con honestidad, como en este caso— puede despertar la conciencia adormecida mejor que cualquier panfleto o breve discurso mediático.

Quizá por eso las novelas que nos empujan hacia el pensamiento crítico importan tanto ahora. Porque nos devuelven una mirada lenta, humana y lúcida en un tiempo que todo nos empuja a mirar rápido y a olvidarnos de pensar y de elegir. Y porque, al mostrarnos cómo una sociedad puede ceder ante el miedo y la saturación, nos obligan a preguntarnos por qué estamos cediendo nosotros con tanta rapidez sin oponer apenas resistencia; aquí y ahora.

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