Mi nombre ya es solo un eco lejano que se ha desvanecido de mi memoria. Ni siquiera recuerdo cuánto tiempo pasó desde que, aquel día, sin más, salté al vacío, y, mis ojos, marrón verdoso, se cerraron a la ilusión para siempre.
Fue sencillo, demasiado fácil, diría yo. No tuve que firmar ningún contrato, ni negociar ningún acuerdo malintencionado, sencillamente salté, y, con ello, me llevé por delante las ilusiones de todos los que me acompañaban en esta vida.
Si hubiera esperado solo un instante más, mi madre hubiese tenido tiempo de detenerme, pero aquella desconsiderada angustia me apremiaba a saltar, y, en mi joven y maltrecho corazón ya no quedaba lugar para otra excusa más. Y no lo dudé.
Cada nuevo día me asaltaba el vacío de los que me rodeaban en el instituto; la burla; el desprecio del chico al que amaba en silencio; los sueños que, por grandes, sabía que no podría cumplir; la asfixiante presencia de mis padres; el miedo a un futuro demasiado lejano e incierto. Y al llegar la noche, el atronador sonido del silencio me dejaba el alma hecha jirones.
Dónde quedó mi valor, aquel que de niña me convirtió en exploradora espacial, en policía del SWAT, en célebre cantante folk, en alguien amada por la comunidad. Desconocía que se pudiese albergar tanta cobardía en un pecho tan pequeño.
Debí pedir ayuda; creí que era debilidad hacerlo, pero nunca supe comprender porqué yo era tan diferente de los demás. Sencillamente, mi ser aún estaba tomando forma, y, no le di tiempo para adaptarse a los cambios que irrumpen abruptamente en la adolescencia; siempre había escuchado que cada cambio era un valioso aprendizaje, pero para mí cada cambio llevaba consigo una aterradora sensación de pérdida.
No sabía que podía ser diferente sin ser ni mejor ni peor que los demás; ni que, con determinación y esfuerzo, hubiera podido conseguir todo lo que me hubiera propuesto; ni que mi vientre era un portal mágico por donde hubiera nacido un ser excepcional, porque todos somos excepcionales a nuestra manera. ¡Cuántos sueños quedaron en el camino!
Nunca me sentí rebelde, solo me estaba protegiendo del mundo, un mundo que parecía querer engullirme mientras mis piernas se hundían, una y otra vez, en la desesperación. Debí dejarme querer por aquellos que siempre lo hicieron incondicionalmente, pero yo solo veía en su actitud una peligrosa forma de perpetuar mi infancia. ¡Qué equivocada estaba! Solo estaban desplegando una red para evitar lo que inevitablemente sucedió.
Debí esperar, los problemas no habrían desaparecido, pero con el tiempo, yo hubiera aprendido a vivir con todo aquel pesado equipaje sobre mis hombros.
Ahora miro las estrellas y me doy cuenta de que su luz ya es historia antigua. Yo también soy luz, un destello en la memoria de los míos, un vacío que nadie podrá llenar nunca. Ojalá hubiese dejado salir ese maldito grito que estaba escondido en el fondo de mi garganta y hubiese pedido ayuda. Sí, como las estrellas, yo también soy historia, soy luz que se mueve como el aliento en el infinito cósmico. Me gustaría saber a dónde señalarán buscando mi lugar en el cielo.
Echando la vista atrás, yo, como cualquier otra joven de 15 años, podría haber sido la protagonista de esta historia; de hecho, la tentación de saltar nunca se fue del todo, pero, no recuerdo cómo, pude imaginar a mi yo del futuro disfrutando de una vida que merecía ser vivida en plenitud. Y no lo dudé, aunque no fue fácil. Me consideraba a mí misma una insignificante pieza en el inmenso tablero de la vida, empecinada en no encajar en ningún sitio, siempre a la vanguardia de la respuesta fácil y el comportamiento errático.
La adolescencia abarca un vertiginoso espacio de tiempo, que, en cada generación, parece comenzar un poquito antes, y, no tiene prisa por dejar paso al adulto joven que comienza tímidamente a reclamar su espacio.
Recuerdo aquella compleja transición con angustia: a mi alrededor, todos sabían cuál era el lugar correcto que yo debía ocupar en aquel puzle que no significaba nada para mí, pero ahora que lo contemplo desde la distancia parece que al final la pieza encajó donde tenía que hacerlo. Solo había que saber esperar.
Fueron tiempos desconcertantes donde mi mejor amiga fue la soledad. Soledad como vacío existencial; soledad como refugio donde sentirme protegida de la batalla que se libraba afuera. Pero allí adentro, había algo más que me acompañaba, agazapado en silencio: un intenso dolor en el alma que deseaba acallar con un punto y final.
Porque, ¿qué significa la muerte para un adolescente? Indudablemente no significa lo mismo que para un adulto. Para ellos es mucho más aterrador y desconcertante, pues viven con el yugo de no saber el espacio que ocupan en el universo; tienen la certeza de no importar a nadie; de un día para otro se han convertido en invisibles, y, por lo tanto, su presencia es del todo irrelevante en cualquier escenario que contemplen. Por ello, morir, no es dejar un vacío, es silenciar su propio dolor.
La literatura nos habla del amor adolescente como algo caprichoso y cambiante, pero nada más lejos de la realidad. En su idioma, el amor solo se concibe como lo hacían los escritores del romanticismo contemporáneo donde la fascinación por la muerte, el inconformismo, la melancolía y la belleza definían todo su mundo.
Pero para los adultos hablar su idioma es completamente inviable.
Afortunadamente, para la mayoría de los jóvenes, la muerte es algo que solo se lleva a las personas mayores, o algo que sucede tras una penosa enfermedad o accidente grave. Nada más. Por desgracia, el suicidio adolescente –incluso menores de 15 años– es la primera causa de muerte no natural en nuestro país. Cada año chavales pierden la vida por no encontrar respuestas a la batalla que se libra encarecidamente en su mente; las hormonas jugando con su bienestar emocional; la aceptación de un cuerpo que comienza a cambiar, y, que en ocasiones les resulta grotesco; el miedo a no pertenecer a una tribu; pero lo más angustioso, esa oscura creencia de que su presencia es del todo irrelevante.
Como adulto solo tengo un mensaje a los que vienen atrás: «elaborar un puzle lleva su tiempo, pero al final, las piezas siempre encajan. Solo hay que saber esperar».

